viernes, 23 de mayo de 2014

LA CÁTEDRA DE PERERA

Perera, por la Puerta Grande / Foto: LAS-VENTAS.COM
Por Javier Hernández - @javihernandez76

Fue alumno, discípulo, apóstol y maestro. Y ahora ha sentado Cátedra. Su Cátedra, tan propia, tan lenta, única, intransferible. La Cátedra de Perera, de nadie más podía ser. Era el tercer acto de una tarde en el alero, todavía. Don Miguel Ángel Perera salió al ruedo, lo pisó, lanceó a su toro, lo estudió y se subió al púlpito. Y desde allí, la primera lección del toreo ceñido ora por chicuelinas, ora con el envés del capote dos cordobinas de ponerse al toro por fajín y la revolera. Se hace así. Y nadie se atrevía a decir que no.

Desde allí, desde el púlpito, superior a todos, le llegó la hora al maestro Miguel Ángel, la hora de pronunciarse docta y concluyentemente sobre el arte de la tauromaquia y, más concretamente, en su especialidad: el temple. El salpicado de Victoriano andaba por allí, obedeciendo, pero sin empleo, sin gran humillación, sin gran nada, porque tenía de muchas cosas buenas pero de ninguna en dosis amplia. Eso era lo que se veía. Don Miguel Ángel brindó a todos desde el púlpito y comenzó.

Comenzó don Miguel Ángel por explicar el ajuste, que era la asignatura pendiente del torero anterior, de Manzanares. Miren, así, a dos centímetros de la cadera, pies clavados, por alto y sin enmendar cimientos. La gente, anonadada ya, comprobaba que este maestro venía con una verdad irrefutable. Y tras el ajuste, la lección del temple. Don Miguel Ángel le dejó hueco al bello Bravucón, lo citó, recogió la fiereza, sopesó la velocidad, consintió la protesta, amarró con otro toque y encontró el pulso para encelar, para disfrutar el empuje durante el trazo y para vaciar la bravura. Al maestro Miguel Ángel le daba tiempo a todo eso durante una acometida del burraco.

Se distanció, cogió resuello, se paseó por el aula y, pleno, continuó. ¡Ju! Y allí estaba la muleta, adelante, planchá, una esponja parecía para absorber cualquier síntoma de violencia. Una esponja que el maestro convertía en imán, en extractor de bravura, cuando el de Victoriano perdía el celo. Lento, pausado, convencido de que aquello que explicaba era la ciencia del toreo y que todos no solo la comprendían, sino que la disfrutaban, la paladeaban, la asentían y la admiraban.

El ajuste, el temple, la ligazón, el giro de talones para poner ritmo y compás. Se hace así. Y hasta el toro, que en principio quería renegarse y soltar derrotes, acabó convencido y entregado. Tan irrefutable la cátedra del maestro que aprendió a embestir con excelencia. Y el espadazo completo. El auditorio, unánime, clamaba por redescubrir la ciencia del toreo explicada magistralmente en vivo y en directo, con velocidad de repetición.

El auditorio estaba entregado. Y es que el auditorio venía de una clase anterior que se había convertido en un girigay. El segundo toro embestía franco, rítmico, humillador. Y Manzanares lo acompañaba con el cuerpo y no conseguía explicar nada. No había ajuste, ni dominio, apenas una estética estudiada y una armonía periférica, liviana. Fue en un natural donde Manzanares comprobó que Madrid quiere de él, porque en ese natural reunido, trazado, cosido y entregado bramó Madrid. Pero el guirigay seguía sin que el maestro pudiese acallar a la parroquia. Solo un espadazo concluyente, tras pinchar, lo logró.

Con el otro toro, el fundido y muy sangrado quinto, Manzanares no pudo decir nada y nada dijo. Casi le pasó lo mismo a Juli, al que alguna vieja bruja había echado maldiciones. Su primero, descoordinado, se fue al corral y salió un inservible Zaldueldo que solo aceptó una media de cartel y un sabroso inicio caminado, antes de mostrar a todos su rajada condición.

El otro de Juli, un tío arremangado, agresivo, loco, bronco e indomable, parecía hecho a medida por su mayor enemigo. Toma, Juli, uno de Victoriano con el mismo carácter que aquel que en Sevilla casi te borra para siempre. El catedrático no encontró la ciencia para domar al Satanás, a pesar de que tiró de toda su ciencia y su tesón.

Y volvió don Miguel Ángel a subir al púlpito. Así, con plomo en las zapatillas, con hielo en el corazón, con pulso de neurocirujano, el maestro Perera hizo fácil la increíble obra de vencer, convencer y apabullar al oscuro toraco, que ahora todos tildan de noble, rendido hasta otorgarle otra oreja tras otro espadazo.

La cátedra del maestro Perera concluye que el temple es el fundamento más importante de esta ciencia y que se consigue gracias al aplomo que otorga el valor para estar en convivencia armoniosa con el toro. Y así lo izaron hasta el cielo de Madrid.



FICHA
Plaza de toros Las Ventas de Madrid. 15ª de San Isidro 2014. Cinco toros de Victoriano del Río, rompió a enclasado el 3º. Bueno el abierto y galopón 2º. Malo por peligroso, arisco e indomable el cuarto; fundido el quinto y obediente sin gracia, el sexto. El primero fue un rajado sobrero de Zalduendo, tras devolverse el titular por flojo.
El Juli (plomo y oro), silencio y palmas.
José María Manzanares (sangre de toro y oro), ovación con saludos y silencio.
Miguel Ángel Perera (verde esperanza y oro), dos orejas tras aviso y oreja tras aviso.
Cuadrillas: Juan Sierra brindó al público tras banderillear al tercero.
Entrada: Lleno de "No hay billetes", en tarde de sol y fresco.