martes, 26 de mayo de 2015

UN INTENTO ENTRE DISFRACES

Los toros parecían que sí y eran que no. Se disfrazaban de suavecitos con buena clase y de lejos daban el pego. Mira qué bien, anda, que la toma y por abajo. Uy, si no llega a ser el tropezón. Que la toma y con estilo. Vaya, y va y se la quita, precisamente ahora. Que la coge por los vuelos y la sigue. Pero no te dejes enganchaaaaar, gritaban. Era un sí pero no, toros con un estilo, unas formas, una embestida, una, perfecta y bonita, que disfrazaba las otras tres que descolocaban aquello. Y entre todos, ya al final, el sobrero, que con su falta de estilo fue el que le sirvió a Luque para firmar lo más conjuntado.

A Miguel Abellán, en su tercera tarde y última tarde, le amargaron sus toros. Se le puso cara de vinagre al risueño de Madrid. Su primero era fue el mejor disfrazado de todos, iba el tío de lujo, disfrazado de toro perfecto, enclasado, guapo, serio pero estrecho, humillador, que hacía el avión y la curva. Iba disfrazado de gran toro, sobre todo cuando embestía por el izquierdo. Para muestra, en el quite de Luque, que le soltó el capote y el del Puerto de San Lorenzo lo siguió planeando, curvilíneo, redondo, hermoso y hasta el infinito. Era el toro perfecto, a ojos de cualquiera. Menos a los ojos de quien lo tenía a metro, que era Abellán, quien sí veía que aquello era un disfraz. Por la derecha se apoyaba mal, como si le doliese la mano y brincaba al dar la curva. Por la izquierda, cuando iba tocado al ojo de allá, abierto y se le retiraba el objeto resultaba hermoso, una embestida de dulce, mas luego, cuando ya venía obligado, sometido, sin abrirle puertas, se dormía, se acostaba y avisaba. Y si no avisaba, mosqueaba. El perfecto para no abandonarse nunca cuando tampoco tienes muy claro que te deseas abandonar. Y en esas pareció que el toro fue mejor que Abellán, que anduvo resuelto y fácil para matar.

Su otro toro llevaba menos disfraz, tal vez no encontró tela para tapar tan grande corpachón. Ese quinto, tan zancudo, tan reviejo, tan tontorrón desde arriba, tan quebrantahuesos desde abajo, terminó por fulminar a Miguel, vacío, ido, sin ánimo de disfrazar tanta desilusión siquiera con un empellón. Y la espada, bien manejada, le libró de la censura abierta general.

A Ferrera le pasó parecido, solo que él nunca entregó la cuchara, nunca se dejó llevar por esos toros cameladores, camaleónicos, del sí pero no, esos toros disfrazados. Su primero apuntaba que se iba a dejar, que si Ferrera no le apretaba él tampoco iba a apretar a Ferrera, incluso abrió un resquicio por el que dejó entrever que a su aire, a media altura, acompañando, podría hasta lucir. Falso como los billetes de treinta euros. En la inercia era así pero esa se acababa y luego la falta de celo lo tornaba todo en complicación sin mensaje, en riesgo sin que nadie palpase la exposición.

El otro, el cuarto de corrida, tenía otro tipo, otra hechura, un disfraz distinto. Tan diferente, que salió rematando hasta hundir toda su cabeza en el montón del burladero del uno. Aparentaba fiero, codicioso y muy humillador. Hasta que llegó al capote del extremeño que nació en Ibiza y empezó a echar las manos al frente, ahora arrollando a pechugazos y la siguiente humillando como el mejor de los mejores. El moentazo llegó en banderillas, en el segundo par, cuarteando, cuando Cartuchero cargó la escopeta y se fue a por el torero como un demonio envenado, ganando la acción, poniéndose por delante, lo coge… Y clavó Antonio con el pitón en la barriga. Muleta en mano, el esfuerzo de piernas, de mañas, de toques, de querencias, todo manejado con oficio y suficiencia frente a un animal poderoso, geniudo, tosco, que de cuando en cuando, cuando Venus se alineaba con Júpiter y el Sol, regalaba una preciosa embestida humillada. Era el ritmo lo que tenían los toros del disfraz. El ritmo, la continuidad. Este disparaba, el otro se dormía, el otro…

El tercero, sin embargo, fue el único que medio tuvo son. Manseando, en esa huida tan típica, pareció de inicio que se iba a enganchar a la tela roja. Pero fue un espejismo. Luque lo movió bien, le hizo de todo, cosas bonitas varias, aislado y salpicado, como se cabía y se podía. Solo se atascó al matar, de mitin.
La tarde era la ruina a la hora del sexto, blandito él. Y lo enviaron a galeras para cambiar de tono, de tipo, de hierro y de sino. Y salió un toro sin disfraz, uno de Pereda, montado, salpicado, tocado arriba, desafiante… A mi tú con esas, no, le dijo Luque, más desafiante que el propio sobrero. Y Luque hizo el Tancredo y el toro, también, como a dos metros, se saludaron como estatuas de sal. Nunca bajó de actitud el toro, siempre arrogante, pero con embroque obediente, pasador, limpio de disfraces, era así, sin lujos, pero franco. El sobrero era lo que se veía. Y Luque le plantó batalla, por aquí, por allá, decidido, arrogante el toro, arrogante el torero, que terminó por cercar al toro, pudiéndole, aun con demasiado enganchones. Le pidieron la oreja, petición disfrazada con ruido, no con pañuelos.

Y así se fue una tarde de sol, primaveral, templada, lujosa, con demasiada vulgaridad, cinco toros con disfraz y un intento de faena.



FICHA
 Madrid, martes 26 de mayo de 2015. Toros de Puerto de San Lorenzo. El 6º devuelto por flojo y sustituido por un sobrero de José Luis Pereda. Toros en tipo, de buena presencia, que apuntaron cosas buenas y que, por unas y otras cosas, todos terminaron deslucidos. El segundo sacó buena condición, aunque mermado de facultades. El sobrero se movió obediente, sin clase, pero con fondo de darse.
Antonio Ferrera, nazareno y oro silencio en su lote.
Miguel Abellán, esperanza y oro: división al saludar y silencio.
Daniel Luque, botella y oro: silencio tras aviso y vuelta al ruedo tras petición y aviso.
Entrada: 20.50 espectadores, en tarde primaveral.
Cuadrillas: Saludó tras banderillear al sexto Abraham Neiro El Algabeño.