domingo, 8 de junio de 2014

CON LA CLASE DE LOS MIURA

Natural de Serafín Marín al tercer Miura.
Por Javier Hernández - @javihernandez76

Los Miura son gente de clase, de saber estar, educación y buenas formas. Y si el día de los victorinos se recordaba que los toros se parecen a los amos, estos, exceptuando la miurada de Sevilla 2013, llevaban tiempo sin hacerle justicia a los suyos. Los toros, que dicen que en esta casa son inteligentes, se guardaban para la ocasión, para desplegarse en el regreso a Madrid tras nueve años de ausencia.


Los Miura han sabido triunfar en Las Ventas, porque hoy han triunfado gustando a los toristas, a los toreristas, a los ocasionales y hasta los japoneses, que no serán capaces de copiar este producto. Es un triunfo sin orejas, sin vueltas al ruedo, sin altavoces, pero un triunfo que va a motivar a muchos toreros a apostar por esta ganadería en sitios de importancia.

A los toristas y a los ocasionales les ha gustado mucho el segundo, toro alegre, pronto, galopón y, fundamentalmente, entregado. Toro bien puesto al caballo, desde lejos, y allá que acudía, franco y clavando sus dos cuernos en el peto para no despegarlos en derrotes defensivos. Hasta tres hermosas veces acudió a la vara bien templada de Fernando Sánchez. Y la gente, que atestaba los tendidos, se rompía las manos. Luego, las banderillas de Adalid y el otro Fernando Sánchez de la cuadrilla de Castaño. El clamor. Iba para lío gordo. Castaño, sabedor, se puso en los medios con la muleta para torear desde ya, generoso en la distancia, sin importarle que el público se pusiese de parte del toro. Y Zahonero, cual bala. El cárdeno se fue a por el trapo rojo, para seguirlo hasta el final cuando no lo tocaba, para derrotarlo cuando lo alcanzaba. Dos tandas así, con la faena de Castaño en el filo de la navaja, hasta que Zahonero abrió la boca en inequívoca señal de entrega y decidió seguir embistiendo con esa misma prontitud. Así cautivó al público, que pidió la vuelta al arrastre, aunque le faltaran cosas buenas en los finales.

Salió el tercero para enamorar a los toreristas, que lo miraban desconfiados por su cara abierta, paletona, con esos ojos de bombilla, como montados al aire. Aguilero fue menos espectacular, más callado, más a lo sordo. A más en todo: en humillación, que empezó escasa y terminó haciendo surcos; en recorrido, que comenzó frenado y terminó llegando al final empujando los vuelos; en ritmo, que inició con cierto disparo y rápido apagón y que finalizó en rítmico desliz a la mexicana; y en formas, pues se tornaron en curvas volcadas lo que al principio eran rectas acometidas. Aguilero dio todo eso de sí porque el catalán Serafín Marín lo trató con mimo y suavidad, soltándole los vuelos y confiándole. Cómo lo toreó Serafín al natural, entre el silencio de la indiferencia, como sin darle importancia. Si Serafín le duda dos veces, a lo que mediada la faena podía parecer una vaca vieja, no le pega ni un solo pase. Pero Serafín le confió, le tuvo fe y valor para aguantar que Aguilero fuese cogiendo celo y ganas de seguir la tela hasta el final sin derrotarla. Y ese mérito de Serafín se fue sin premio. Le dibujó el Montcada y Reixac ocho o diez naturales, con ambas manos, espléndidos de estética, de verdad, de aplomo y de dificilísima sencillez. Pasaron por la cátedra del toreo como si nada fuesen. Las cosas de esta cátedra, que demasiadas veces espera fiereza y no cree que esta pueda ser dominada y aplacada. Para colmo de los males del catalán, pinchó.

También el cuarto fue toro de clase, de humillar, de coger los vuelos con su abierta cuerna planeando. Le tocó a Rafaelillo, acostumbrado a pegarse con toros como estos y que en poco se parecían en las formas a este Velador. Rafaelillo esperaba un combate como otros, a lo Tyson, mucha pierna y mucho brazo, y mediada la faena, cuando Madrid ya no echa cuentas, se dio cuenta de que esta vez la contienda era cosa más sutil, que era esperar, confiar a verlo llegar a los vuelos y empaparlo hasta el final. Así lucieron muchas embestidas en muletazos aislados sin que cuajase el conjunto.

Los otros tres toros poco tuvieron que ver. El abreplaza demasiado hizo con no desangrarse tras el brutal puyazo barrenado en el mismo pico de la paletilla. Luego se quedó indefinido en la muleta de oficio del murciano.

El quinto Miura se fue a corrales por flojo o dolorido de los remos delanteros y fue sustituido por uno de Fidel San Román. El supuesto guardiola de San Román tuvo guasa para dar y regalar. Toro de movilidad bruta y defensiva, empujadora en la inercia y derrotona y arrollando cuando estaba cerca el cite. Una prenda que Castaño tardará en olvidar.

Tampoco fue mejor el sexto, cárdeno como todos los miuras de hoy. Toro a más en fuelle, en acometer, pero sin nada más. Un toro más, de los tantos toros que salen y a nadie gustan. Frente a él, Serafín Marín no pudo pasar de voluntarioso y tesonero, como tantos otros toreros.

Tres miuras fueron, tres. Uno que cautivó al público y con el que no triunfó el torero, Zahonero. Y dos con la clase de los Miura, porque estos toros parece que saben cuándo tienen que salir a los amos.





FICHA
Plaza de toros Las Ventas de Madrid. Cinco toros de Miura y uno Fidel San Román (5º bis, deslucido). Destacó el segundo, aclamado en el arrastre, que fue pronto y alegre y espectacular en el caballo. Y también destacó la buena clase de los lidiados en tercer y cuarto lugares. 1º, muy sangrado, y 6º no ofrecieron muchas opciones. El sobrero de San Román, malo, agresivo y sin humillar.
Rafaelillo (turquesa y oro): Silencio tras aviso y silencio.
Javier Castaño (aguamar y oro con remates negros): Pitos y silencio.
Serafín Marín (celeste y oro): División de opiniones tras aviso y silencio.
Cuadrillas: Se desmonteraron en el segundo toro David Adalid y Fernando Sánchez y destacaron de nuevo en el quinto en el que Marco Galán brilló en la brega.
Entrada: No hay billetes.